A finales del siglo XIX la concentración empresarial en Estados Unidos se convirtió en una cuestión de interés político. Titanes como John Pierpont Morgan estaban detrás de la creación de AT&T y la gran U.S. Steel. Como ejemplo, para crear su acerera, Morgan compró la empresa de Carnegie, su mayor competidor, y le pagó un precio que convirtió a Carnegie instantáneamente en el hombre más rico del mundo. Rockefeller, por su lado, era el dueño de Standard Oil, la petrolera más grande de Estados Unidos que lo convirtió en un magnate. Como comparación, Bill Gates tiene un valor neto de alrededor de USD 100 mil millones en 2019, mientras Rockefeller en el pico de su carrera tenía un valor neto de USD 253 mil millones ajustados considerando la inflación.



La respuesta política llegó, entre otras, en la forma del Sherman Act, la primera ley de competencia de la historia. Pero no fue sino hasta que Theodore Roosevelt estuvo en la Casa Blanca y Louis Brandeis en la Corte Suprema, que el verdadero movimiento antimonopolio tomó fuerza. Quizá la muestra más importante del ánimo político de ese movimiento fue la decisión de 15 de mayo de 1911, donde la Corte Suprema de Estados Unidos ordenó la escisión de la Standard Oil en una serie de competidores regionales de donde nacieron la Standard Oil de Kentucky, de California, de Nueva York, de Indiana, de Ohio, entre otras. Las sucesoras de esas compañías son, actualmente, Chevron, ExxonMobil, BP, Marathon, etc.



Por supuesto, la separación forzosa de una compañía es un remedio con impactos gigantescos y, además, como toda actividad estatal que se toma sobre información relativamente incompleta, sujeta a la posibilidad de errores. Por eso la escisión obligatoria como remedio se ha usado de manera excepcional. Sin embargo, el gobierno de Estados Unidos lo volvió a considerar necesario en 1982, cuando separó en partes a la compañía Bell Systems. Lo que era una sola se convirtió en 8 competidores de donde nacieron, entre otras, BellSouth y AT&T.



Los efectos sobre el bienestar y la eficiencia de estas escisiones son discutidos. Hay quienes sostienen que existen pruebas de una mayor innovación después de las separaciones, mientras otros dicen que los beneficios fueron superados por el costo enorme de la intervención del Estado en el mercado.



De cualquier manera, la posibilidad de destruir monopolios a fuerza de ley está nuevamente en consideración en Estados Unidos y es un tópico políticamente relevante. Hay quienes opinan que el capitalismo está convirtiéndose en una fuerza menos competitiva, que estamos frente a niveles de concentración empresarial y de riqueza comparables a los tiempos de Rockefeller, y que prueba del poder descontrolado de los monopolios son, precisamente, las FANGs (Facebook, Amazon, Netflix y Google), además de compañías como Apple. Voces progresistas del partido demócrata de Estados Unidos -Como Warren y Sanders- han incluido un plan específico de escisión de las grandes plataformas tecnológicas como base política de su campaña.



¿Es la separación forzosa la solución? Esta pregunta es, sin duda, una de las que más ocupa a abogados y economistas en el último tiempo. Hay quienes argumentan que esta visión romántica del Derecho de Competencia como el gran salvador de la economía de mercado no es más que populismo legal, mientras otros apuntan a la necesidad de intervención estatal frente a la influencia política que la riqueza concentrada supone. La discusión no es sencilla, pero de este diálogo saldrá, quizá, una de las decisiones más consecuentes de las últimas décadas, especialmente porque en un mundo globalizado, lo que decida la Corte Suprema americana sobre el futuro de Netflix, impactará directamente a consumidores en todo el mundo.

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