¿Está el efectivo en peligro de extinción? Poco probable. Al menos al corto plazo –y en la mayoría de países– pero cada vez es más común realizar operaciones completamente cashless o incluso encontrarse con establecimientos que no aceptan efectivo. Sin embargo, es una posible realidad que no ha pasado inadvertida, tanto por el sector privado, así como por reguladores, y especialmente por varios bancos centrales. Surgen entonces varias preguntas. ¿Cuáles serían las consecuencias de una realidad sin efectivo? ¿Quién debería emitir una moneda digital? ¿Deberían los bancos centrales tomar un rol más protagónico?

El sector financiero es quizás uno de los más activos en el desarrollo de nuevas tecnologías y son millones los usuarios de cientos de fintechs. Por ejemplo, bitcoin, blockchain, y criptomonedas ya son términos relativamente familiares. Por su parte, bitcoin propuso, en términos muy generales, un sistema de pago electrónico en el cual la criptografía reemplazaría a la confianza depositada en un tercero y su intermediación (i.e. un banco). Por otro lado, la tecnología detrás de bitcoin, blockchain, actualmente tiene un sinnúmero de aplicaciones en diferentes industrias, y poco después de la aparición de bitcoin, decenas de criptomonedas surgieron, aunque no sin críticas.

Bitcoin y otras monedas digitales no fueron la respuesta para crear un mundo sin efectivo, pero resaltaron algunas de las limitaciones del sistema de pagos y continúan desarrollándose nuevas iniciativas. Actualmente, por ejemplo, Libra, la moneda digital impulsada por Facebook, es usualmente el encabezado de diferentes noticias y motivo de preocupación para reguladores y políticos en el mundo. Interesantemente, otros actores han tomado la iniciativa de emitir monedas digitales, los bancos centrales.

Christine Lagarde, en su momento Directora Gerente del FMI y futura Presidente del Banco Central Europeo, indicó que debería considerarse la posibilidad de que un Estado emita moneda digital. Esto es, monedas digitales emitidas por bancos centrales (o CBDC por sus siglas en inglés, central bank digital currencies). Como su nombre lo indica, las CBDC harían las veces de una nueva forma de dinero, emitida digitalmente por un banco central, y una de las posibles particularidades más relevantes de las CBDC es que serían de curso legal. Una de las principales diferencias respecto de las monedas digitales no oficiales (actualmente reguladas como securities o commodities en diferentes países).

Entre las razones discutidas para emitir CBDC se encuentran la inclusión financiera, particularmente ante un escenario en donde el uso de efectivo se reduzca o eventualmente se deje de usarlo; seguridad y protección para el consumidor; bajos costos de transacción; privacidad; entre otras. No obstante, el diseño de una CBDC y las particularidades específicas del país que la emita definirían su éxito o fracaso. Para noviembre de 2018, por ejemplo, se estimada que 69% de los bancos centrales ya lo estaban analizando, incluyendo a Australia, Bahamas, Brasil, Canadá, China, Curazao, Dinamarca, Israel, Noruega, Filipinas, Suecia, Reino Unido, y Uruguay.

Ciertas iniciativas no tuvieron éxito. Ecuador es uno de los países que intentó implementar su versión de “dinero electrónico”, finalmente dado de baja en abril de 2018; y el petro de Venezuela fracasó drásticamente. Sin embargo, existen otras iniciativas mucho más sofisticadas, como la E-krona de Suecia, y China es uno de los países más interesados en el desarrollo de su CBDC, particularmente ante la posible entrada de monedas como Libra. El Banco de Pagos Internacionales (el banco de los bancos centrales) también ha analizado las potenciales ventajas y desafíos de las CBDC, e interesantemente resalta una de las posibles consecuencias de no emitir CBDC. Esto es, que monedas privadas desplacen el dinero emitido por un banco central.

En resumen, las CBDC son un ejemplo más de cómo podría evolucionar el dinero, y una posible realidad sin efectivo, aunque lejana, evidencia cómo la tecnología e innovación pueden influir en la integridad y estabilidad del sistema financiero. Ciertamente, no toda innovación es necesariamente positiva, pero la apertura a nuevas tecnologías y su oportuna discusión es necesaria, lo cual puede a su vez contribuir con políticas públicas y alinear intereses públicos y privados.

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