Cuando la mayoría de los mortales encendemos uno de los dispositivos que nos permite escuchar una obra musical, solo disfrutamos de las sensaciones o emociones que algo tan hermoso como la música nos puede proporcionar, sin imaginar toda la telaraña legal que existe detrás de esa creación.

Un tinglado de derechos autor que se entrecruza con contratos de uso de marcas, sistemas de distribución, regalías y conflictivas situaciones entre talentosos artistas está más allá de la percepción de los seguidores de una banda. Si nos adentramos un poco más, encontraremos que los conflictos legales por falta de claridad en la titularidad de derechos de propiedad intelectual terminan en muchos casos en conflictos de egos, discusiones filosóficas y sin duda unos litigios interminables. La legendaria banda Pink Floyd no fue ajena a estos conflictos. Por el contrario, sus integrantes llevaron a cabo una de las más famosas guerras vistas en el mundo de la música.

Hace medio siglo, Roger Waters, Syd Barrett, Richard Wright y Nick Mason crearon en los estudios de Abbey Road el primer disco de Pink Floyd: The piper at the gates of dawn. A la alineación inicial se unió David Gilmour cuando la adicción al LSD por parte de Syd se volvió incontrolable. Todas estas estrellas trabajaron en perfecta sintonía durante casi toda la década de los 70, hasta que en 1986 la batalla entre sus líderes se hizo oficial. La banda se separó básicamente porque los dos creadores de gran parte de temas (Gilmour y Waters) no pudieron superar sus diferencias.

El litigio fue iniciado por Waters e incluía el reclamo por el uso exclusivo de las letras y armonías de gran parte de la música creada, la titularidad de la marca Pink Floyd y el uso del Cerdo Volador. En este último caso, el argumento era tan excéntrico como su propia creación. Se trataba de un cerdo inflable gigante que Pink Floyd hacía volar en sus conciertos desde 1976 inspirado en la imagen usada en sus discos Animals y The Wall. La banda reaccionó, poniéndole testículos gigantes al cerdo para diferenciarlo del original creado por Waters y los litigios llegaron a niveles nunca vistos.

En 1987, una corte dio por terminado el conflicto: David Gilmour podría utilizar la marca Pink Floyd y Roger Waters obtenía los derechos absolutos sobre The Wall, así como el uso del cerdo volador, lo que no evitó que este siga siendo usado por la banda con diferentes versiones.

Volviendo a los seguidores y después de este breve relato, cuando escuchemos la música de esta banda o presenciemos unos de sus conciertos, nos vendrá a la mente que aquella histórica marca, los poderosos derechos de autor e inclusive los efectos estéticos creados alrededor de este mítico grupo y sus miembros, son el resultado de un impresionante esfuerzo creativo generador de prosperidad por un lado, y lamentablemente más de un dolor de cabeza en conflictos legales, por falta de claridad en la protección de estos derechos por otro. En conclusión: aun los grandes genios se pierden en su momento de gloria y olvidan definir con claridad sus activos de propiedad intelectual.

Respecto de quién fue el más talentoso de ellos, ese es otro cuento…


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